ROBERTO HUARCAYA
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TIEMPOS SOÑADOS

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1998. INSTALACIÓN DE 6 CAJAS DE LUZ CON TRANSPARENCIAS 20 X 25 CM. DIMENSIONES VARIABLES.

1998. 6 LIGHTBOXES WITH SLIDES 8 X 10", DIFFERENT SIZES.

 
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Roberto Huarcaya - Temps rêvés (Cite Internationale des Arts) París

El Fotógrafo peruano Roberto Huarcaya presentó el trabajo fotográfico que realizó en París en el curso de estos últimos meses –gracias a una beca de creación de la fundación de la Cité Internationale des Arts–, y la obra que había mostrado en Barcelona en septiembre de 1998 en una exposición titulada La nave del olvido (con poemas de Felipe L. Aranguren y música de Mariano Zuzunaga).

Si la presencia de la fotografía (así como la de video) no ha dejado de crecer desde hace varios años, en el campo de la creación artística, para luego ocupar un lugar ya importante en las exposiciones, esto se debe a su capacidad de responder a la evolución rápida de los discursos de la creación y a la necesidad de comunicación urgente, la cual le permite establecer una relación con la realidad, que es a la vez inmediata y desfasada, distante y próxima. Por otra parte, las características técnicas de este medio ofrecen modos de intervención formal, espacial e inclusive escenográfico (museal) que son totalmente contemporáneos. 

Roberto Huarcaya tiene una trayectoria particular. No cabe duda de que su temprana formación en psicología explica la distancia analítica que nutre la reflexión de sus trabajos, sea cual sea su diversidad de concepción y procesos. En esta nota sólo hablaré de la primera exposición titulada. 

En lo que al modo de presentación se refiere, Roberto Huarcaya utiliza diapositivas (todas de la misma dimensión, 20 cm x 25 cm) yuxtapuestas una al lado de otras sobre un damero, apenas separadas por una ranura formada por la unión entre los bolsillos plásticos que contiene las fotografías. Estas, suspendidas y mostradas en transparencia, perpendiculares al suelo, se dejan atravesar por el aire y la luz del día. La luz artificial prevista para un montaje en cajas no pudo ser instalada en esta ocasión por razones de presentación. Seis temas aparecen en una serie de secuencias, organizadas en seis paneles diferentes que proporcionan al espectador una coherencia global significativa. El fotógrafo había establecido un “recorrido” conceptual de la exposición –que los visitantes seguían en un 70%– según el orden siguiente: el paraíso (2,40 m x 2 m), los presagios (1,65 m x 1,05 m), el diluvio (1,25 m x 1,05 m), el infierno (1,25 m x1,05 m) la era glacial (80 cm x 1 m), y la creación (1,65 m x 1,05 m).

Roberto Huarcaya se interesa esencialmente en el hombre. No en el citadito apurado y alienado, especie de entidad social anónima, sino en ese doble de sí mismo, carne y espíritu sensibles, confrontado con la invención del mundo. Es más bien el ser, su ser que él interroga (a veces, proyectándose en tanto que sujeto, como en la creación) y explora, dejándose ir por los meandros de su imaginación y de sus sueños. En varios de sus trabajos, y especialmente en el presentado en la sexta edición de la Bienal, se trata de un ejercicio existencial sobre lo simbólico de la vida y de la muerte. La noche, el agua, y el aire son los puntos de referencia fundamentales de su sistema discursivo visual y mental. Pero el fotógrafo peruano construye también sus narraciones al estilo de los fabuladores medievales, rearticulando los rituales de lo cotidiano que nos asaltan, nos perturban, o nos transportan, y proponiéndonos jardines de delicias (o de delirios) donde el artista no deja de exorcizar sus propios miedos y fantasmas.

En este medio nocturno creado por el fotógrafo, el color negro es gratuito. La oscuridad de Roberto Huarcaya no es aquella de la noche, ni esa de la nada, descrita por Kandinsky cuando habla del negro; no es ni del caos ni la angustia, sino la tierra fértil, lo que hay debajo de la realidad aparente, el “vientre de la tierra donde se lleva a cabo la regeneración del mundo diurno”. Es el negro homérico, con su capital de vida latente, “el gran depósito de todas las cosas”. Su “lugar” en el imaginario, especie de capullo visual vital, es como una constelación de íconos donde los destellos del claroscuros lucen como estrellas, las idas y venidas de los ojos y de la inteligencia desde el sueño a la realidad y de la realidad al sueño. Las imágenes salen de la noche, fragmentos de realidad que tejen en el desorden una visión onomatopéyica de un mundo al réves. París, como ciudad, surge como una aparición fantasmagórica en medio de esas imágenes reiteradamente visitadas, habitadas por otras historias creadas por Huarcaya (un puente iluminado en el paraíso, una escalera de Montmartre en el diluvio o la torre Eiffel en llamas en el infierno). La mirada de visitante se aferra y retiene una imagen que se convertirá en el ábrete sésamo para entrar en el universo de esos nuevos mitos.

El aspecto formal, que reposa en gran parte sobre las técnicas utilizadas, es una dimensión capital en la percepción de la obra. Mediante la utilización como filtro de un simple vaso de vidrio con agua de color azul, Roberto Huarcaya desmitifica la aparente sofisticación del trabajo en su forma y muestra la simplificación de su elaboración técnica. El artista utiliza una simple máquina fotográfica. No hay intervención por computador, no hay imágenes sintetizadas, ninguna manipulación compleja. Y sin embargo, la virtualidad está allí y lo fantástico surge del gesto casi artesanal del artista. La técnica obliga al fotógrafo a fragmentar sus escenas y le permite establecer una empatía material con la explosión de los sueños. La construcción es entonces un juego sometido una trama onírica, pero reglamentada y ordenada en compartimentos. Un falso caos se organiza en estas escenas construidas en donde una imagen sirve como punto de partida a otra y donde se crea, a veces sin que él lo sepa, un encadenamiento al azar.

La escritura formal de Huarcaya se desarrolla según las escalas conceptuales que inscriben su discurso en la proyección universal de un mundo personal. El fotógrafo no se niega a la utilización de uno teórico como punto de partida, ya que él mismo confiesa la idea de la construcción del sueño en términos de la teoría psicoanalítica. En presagios, la composición es longitudinal, mientras que el diluvio se transforma en transversal; en el infierno es caótica, y luego circular, el orden del cosmos, en la era glacial.

Roberto Huarcaya ofrece una visión más optimista, más sonriente, en estas obras (con sus flores, mariposas, niño con balón y tiovivo) que en las instalaciones anteriores de la creación y el paraíso.

Lo imaginario de Huarcaya, que se inspira en el mundo de la noche, se asemeja a una forma de escritura automática y fotográfica donde los mitos se alternan y se cruzan. Nada es mortal. Todo muere y renace. Puede ser que esta revelación de la fragilidad sea una llave para emprender otras incursiones y otros descubrimientos de nuestra memoria.

Christine Frérot
Historiadora, crítica de arte, miembro de la AICA y curadora. Investigadora en el EHESS y encargada de cursos en la universidad de París III. Especialista en arte latinoamericano.
Publicado en Art Nexus # 32. Abril - junio, 1999.